OpenAI da marcha atrás: su fundación seguirá al mando de la empresa
OpenAI abandona su plan de independizar el brazo lucrativo tras la presión de exempleados, académicos y los fiscales de Delaware y California. La entidad sin ánimo de lucro seguirá controlando la compañía, que pasará a ser una Public Benefit Corporation.
OpenAI ha dado marcha atrás en uno de los planes más polémicos de su historia reciente. La compañía había planteado convertir su rama comercial en una entidad independiente, separada del control de la fundación sin ánimo de lucro que la supervisa desde su fundación. Ese plan queda descartado. Según ha anunciado la propia OpenAI, la fundación seguirá controlando la empresa, tal y como lo ha hecho desde el principio.
El cambio no es cosmético. Durante meses, OpenAI defendió que necesitaba una estructura más convencional para atraer el capital necesario para competir en la carrera por la inteligencia artificial general (AGI). La propuesta original apuntaba a debilitar el peso de la fundación en favor de una filial lucrativa con más autonomía. Esa idea generó una oleada de críticas de exempleados, académicos y, de forma decisiva, de los fiscales generales de Delaware y California, los dos estados que tienen jurisdicción sobre la estructura legal de OpenAI.
Qué cambia realmente
El esquema que sí sale adelante mantiene a la fundación en el asiento de mando, pero transforma la filial comercial —el LLC que opera bajo el paraguas de la fundación desde 2019— en una Public Benefit Corporation (PBC). Se trata de una figura societaria pensada para empresas con un propósito declarado, obligadas por ley a considerar tanto los intereses de los accionistas como su misión de fondo. OpenAI señala que esta figura ya es el estándar en otros laboratorios de IA como Anthropic y X.ai, y también la usan compañías con vocación de impacto social como Patagonia.
La fundación no solo conservará el control: se convertirá además en accionista relevante de esa PBC, en una proporción que determinarán asesores financieros independientes. Según explica la compañía, esto le dará más recursos para financiar programas alineados con su misión, y esos recursos crecerán a medida que crezca el negocio.
OpenAI también abandona su antigua estructura de "beneficio limitado" (capped-profit), un mecanismo que ponía un techo a lo que podían ganar los inversores. La compañía explica que ese diseño tenía sentido cuando parecía que solo iba a existir un actor dominante en la carrera hacia la AGI, pero que ya no encaja en un escenario con varios grandes laboratorios compitiendo. En su lugar, adopta una estructura de capital convencional, con acciones para todos los implicados. La empresa insiste en que no se trata de una venta, sino de un cambio de forma jurídica.
La versión de Sam Altman
El consejero delegado, Sam Altman, ha enviado una carta a empleados y otras partes interesadas explicando el giro. En ella recuerda que OpenAI "no es una empresa normal y nunca lo será", y repasa los orígenes de la compañía: un grupo de personas alrededor de una mesa de cocina, sin plan de negocio ni intuición clara de cómo llegaría a construirse la inteligencia artificial general.
Altman describe una tensión que atraviesa toda la historia de OpenAI: al principio, muchos dentro de la organización pensaban que la IA solo debía estar en manos de unas pocas personas de confianza capaces de "gestionarla". Hoy, según escribe, ven un camino distinto: que la AGI empodere directamente a cualquier persona como la herramienta más capaz jamás creada. Reconoce que no todo su uso será positivo, pero confía en que el beneficio superará al daño "por órdenes de magnitud".
Esa apuesta es la que Altman llama "IA democrática": herramientas potentes en manos de todo el mundo, modelos abiertos, y libertad amplia para que los usuarios decidan cómo usar ChatGPT dentro de unos límites generales. Cita ejemplos de gente usando ChatGPT para ganar productividad como científicos o programadores, para resolver problemas de salud o para pedir consejo en situaciones difíciles. Y admite una limitación actual: la demanda supera lo que OpenAI puede ofrecer, lo que obliga a mantener límites de uso.
Tres objetivos y una advertencia geopolítica
La carta fija tres metas para esta nueva etapa. La primera es poder operar y captar recursos suficientes para hacer sus servicios accesibles a toda la humanidad, algo que hoy requiere cientos de miles de millones de dólares y que, según Altman, podría llegar a necesitar billones. La segunda es que la fundación se convierta en la organización sin ánimo de lucro más grande y eficaz de la historia, centrada en usar la IA para generar los resultados de mayor impacto posible para las personas. La tercera es entregar una AGI beneficiosa, apoyada en el historial de seguridad y alineación de la compañía: procesos de "red teaming" (pruebas adversariales para detectar fallos) y la transparencia sobre el comportamiento de sus modelos a través de lo que llama el "model spec".
Altman enmarca todo esto en una disputa más amplia: quiere que la "IA democrática" gane a la "IA autoritaria", una forma de situar el debate sobre gobernanza de OpenAI dentro de la competencia geopolítica por el desarrollo de la inteligencia artificial.
Lo que viene ahora
OpenAI dice que seguirá conversando sobre los detalles del plan con las oficinas de los fiscales generales de Delaware y California, con Microsoft y con los comisionados que ha nombrado recientemente para la fundación. Estos comisionados, según anuncia la compañía, presentarán próximamente recomendaciones sobre cómo la fundación puede apoyar un futuro de "IA más democrática", con impacto en áreas como salud, educación, servicios públicos e investigación científica.
El episodio deja una lección sobre los límites reales del poder corporativo en OpenAI. La compañía más vigilada del sector de la IA planteó reescribir su propia gobernanza para facilitar la captación de capital, y ha tenido que retroceder ante la presión combinada de voces internas, académicos y reguladores estatales. La fundación sigue mandando. Queda por ver cuánto pesará ese control en las decisiones que definan el desarrollo de la inteligencia artificial general en los próximos años.